Hoy no quiero contarte lo que pienso,
como cuando era niño y no importaban mis pensamientos.
Hay una niebla espesa encima de aquel pasado,
miedos que no hablan, ventanas a la calle pero de rejas macizas, desayunos insulsos, palabras recogidas no por perezosas sino por amenazadas.
Y te diste cuenta,
me volví a callar cuando llegaste,
nada se me ocurre más seguro que el silencio y
sin embargo te abrí mis manos para que me desarmaras si podías.
Descalzo, a medianoche observo los recuerdos pasando entre la puerta entornada;
no me has oído, no me has visto pisar el peligro…
Odiaba las verdades que eran falsas
y las repeticiones de cantos enjaulados hasta enmudecer de pena como le ocurre a los ruiseñores.
Amaneceres sin luz, luces como llagas
y esperanza en la liberación de la noche donde saldar deudas no contraídas.
Ni siquiera debo un grito, nada, ni tampoco debo un beso, ¿para qué?,
sólo le debo al trueno el robo de su mortífera luz primera.
Pareciera que el Mar comprende esa nostalgia
y pone agua en mis manos que me salvan,
pero sigo en silencio,
despacio, humo y silencio integrados en mi piel;
y ahora tú, mirando de cerca mi ventana,
transformando el vértigo de abrir mis brazos
y descifrando el código de mi voz,
invitándome a caminar por el hueco invisible
que oculta el dolor primero de mi memoria.