
Primero pensó que se lo diría, luego cambió la idea por la de escribírselo en una sencilla nota que guardará en un sobre blanco como la tez que muy pronto va a tener y la depositará en un buzón cualquiera (de todos modos si alguien la abre no va a entender nada). La vida no era para él.
Le habían enseñado que nada es tan oscuro como aquello que te roba la ilusión, las esperanzas…, pero él nunca había visto nada peor que grises cuando las cosas se ponían feas, y del gris volvía a nacer el azul pálido o el amarillo e incluso a veces el blanco que le recordaba al olor de las azucenas. Pero esta vez todo es negro. El mundo se cae a sus pies como su vieja casa, incapaz de soportar el peso del vacío.
Desde que lo conoció fue su ídolo, siempre quiso poseer su facilidad para leer en el alma ajena, cautivar con tan solo una mirada, entender ese lenguaje de silencios que en tan poco tiempo dice tantas cosas; pero tiene solamente un cuarto oscuro donde no entra el sol, derruido, casi abandonado incluso por él y frío, muy frío, en el que piensa sobre la ventaja de encontrarse en la cálida paz eterna de un vulgar ataúd a salvo de sus pensamientos y de esas últimas esperanzas que cada día entierra con cuidado entre lágrimas de desolación.
Tiene una ventana. A Dios gracias tiene una ventana sobre la que se reclina y mira de izquierda a derecha por si el ejército hubiera decidido empezar a bombardear la ciudad. Sería estupendo. Encontraría el valor que le falta para huir de todo y sólo tendría que bajar de su casucha sin mirar atrás y empezar a caminar rumbo a la muerte.
Pero no, no hay nada más que silencio alrededor y en la lejanía el gris del horizonte, como tampoco hay nada cuando cierra su cortina y siente como se le encoge el corazón por ese frío interior, mucho peor que el otro.
A veces cuando el sueño lo vence, sentado sobre su vieja manta de cuadros, después de beber una infusión amarga y comer un trozo de pan que comparte a medias con las ratas poco lustrosas que tiene de compañeras, sueña con él….
Le conoció cuando jugaba a imaginarse de mayor en aquellos idílicos escenarios que él le contaba que existían. Era cuando creía en el futuro. Pero una vez desapareció sin despedirse (con lo cual imposible decirle nada de lo que va a hacer). Anduvo días con la esperanza de encontrar el camino de sus sueños. Reclinado en un viejo árbol buscó en su interior como había leído que hacían algunos iluminados antes de la iluminación. Eran días de pensamientos sin descanso, escuchando el crujir de una semilla al germinar de la que desconocía su existencia y esperando tanto hasta sentir que se le arrugaba el alma.
Bebió de los placeres posibles, viviendo el momento hasta el cansancio, hasta darse cuenta que sólo cuando cae la tarde, cuando el bullicio de la vida recobra la serenidad perdida, es cuando se reconcilia con el mundo, y es también cuando las sombras le recuerdan la imposibilidad de aquel abrazo con el que siempre soñó.
Coge el papel más cercano, sin cuidado, decidido a decir adiós…
Escribe: << No puedo más. Te echo tanto de menos que se me hace insoportable vivir>> Sella el sobre con saliva y lanza un suspiro de alivio. De la pared cae un desconchón para ir a parar a la alfombra con la que se cubre el suelo de los anteriormente caídos. Se asoma por última vez a la ventana y ante sus ojos se le revela lo que cree que es una simple casualidad: Un chico mira hacia arriba, hacia aquella pared dañada por el tiempo, aquel tétrico escenario donde perfectamente se podrían engendrar las ideas de un dulce sueño salvador. Sin embargo aquel que mira ve belleza donde nadie apunta su existencia, belleza que quiere inmortalizar en una instantánea para quizá regalarla luego…Es entonces cuando el rostro de aquel joven aparece.
Ahora registra perfectamente el gris y el negro… y el blanco; saluda con la mano a aquel extraño y le sonríe aunque no pueda verlo.
Lo que nunca sabrá el improvisado espectador de la vida que se aleja, es que hubo una nota que se guardaba en un sobre y que aquel día alguien rompió antes de bajar las escaleras de dos en dos para saludar de cerca a quien inmortalizaba su presencia.
Y que cuando llegó a la calle, el chico de la cámara había desaparecido…
Fotografía: Strawberry Roan