
El verano se me hace eterno. Si algo es seguro es que refuerza con su llegada mi conocido deseo de su pronto transcurrir.
Hoy me he reencontrado con “mi mar”, lo había perdido desde la aparición de bandadas de niños (o pequeños monstruos, como se quiera) con sus respectivos guardaespaldas (grandísimos monstruos algunos) que alfombran su blanca orilla de juguetona espuma apagando la voz ancestral de sus olas con sus alocados gritos.
Me detengo en la idea sobre la evolución del homo sapiens y me digo que si no hubiese transcurrido tal y como lo ha hecho, estas manadas de animales (evolucionados pero animales al fin) no vendrían aquí en tropel, y claro está, yo de existir estaría descuartizando cualquier bicho viviente o huyendo de cualquier otro hambriento y no sentada plácidamente -¡por fin!- contemplando cómo los últimos rayos de sol brillan en la superficie de plata de mi confesionario particular.
Voy en tu busca…
Me sumerjo en sus aguas ahora cálidas y si pudiese recordar aquello que se debió sentir en el vientre materno, estoy convencida de que sería lo más parecido a esa sensación de recibir la vida. Me dejo abrazar, inundarme de su poder para despojarme hasta del pensamiento danzando bajo su continua protección (¿y encubierta amenaza?) y le dejo salpicar mi rostro con las minúsculas gotas saladas que a modo de húmedos besos marinos me bañan los ojos devolviendo mi orientación hacia un infinito perdido.
Me deslizo en su superficie bajo un sol agonizante y mi mar me acoge como se hace con los desvalidos, con la intensidad de una despedida indeseada, con la gravedad de aquellos que lo entregan todo por última vez.
Cada vez que bajo a sus entrañas es como ir en tu busca… Te llamo como si estuvieras aquí para oírme (y tal vez estés mucho más de lo que llego a comprender), pero puede que no haga falta más respuesta que la música de sus olas y que no hagan falta más abrazos que los que guarda la memoria.
La conciencia del privilegio por poder dejar la vibración de mis latidos a la deriva en su inmensidad me paraliza, y sin temor al ocaso, a la noche inmediata que ha dejado crecer un silencio amoroso y cautivador, me quedo a solas contigo, con él ; es entonces cuando escucho el canto de su dulce nana, su arrullo, el sonido de cuna de su lento vaivén…
y me dejo mecer en este remanso de paz.
Hoy te siento aún más cerca que ayer.