
Llevaban ya muchos años encerrados en aquel cuartucho de paredes desconchadas. Los trajeron poco ordenados y con el vaho del desecho sobrevolando sus tapas inconformistas con aquella suerte y conservadoras de tanto misterio por descubrir, tantas palabras diferentes apiladas ahora sin destino y sin destinatarios, tanta historia...
Montones de diarios con lo que fueron las noticias de hace muchos años ( treinta o cuarenta, quizá más), con ese color que el tiempo imprime en el papel que se resiste a ser abandonado.
Cada vez, cuando bajaba a la casa-almacén, siempre cerrada y envuelta en una soberana dejadez, para soltar o recoger alguno de sus trastos casi inservibles, entraba al improvisado despacho sucio y solitario donde un día alguien decidió soltar aquellas voces ahora ahogadas.
( Me gusta pensar que lo hizo para no cargar el remordimiento de depositarlas en el contenedor del cartón y de paso por si alguna se salvaba ).
Al principio, al empujar la puerta, era casi como rozar lo prohibido, suponía que estaban allí como esperando un nuevo cambio, una selección quizá, alguien que las reclamara desde algún lugar. Entonces se armaba de valor y entraba primero para verlos desde lejos y luego para acercarse casi de puntillas por si reconocía algún título o algún autor. Pudo contemplarlos cara a cara cuando una tarde se dejó el miedo colgado en la cerradura oxidada de la puerta de entrada y avanzó con decisión hacia ellos. Hacía años que no importaban a nadie, pero allí permanecían los náufragos forzosos, entre telarañas, junto a la voz del olvido y la amenaza de su destrucción, apiñados unos contra otros como moribundos del más allá y del más acá que se encuentran en la misma vía de un tren que se detuvo hace tiempo: Saramago, García Márquez, Borges, Lorca, Juan Ramón, Miller, Cortázar...
Con respeto, con indecisión, con la conciencia del hurto pero a la vez con la satisfacción de quien tiende la mano a un amigo, desplazó a varios desconocidos, recetas de cocina, historias de la ciudad y otros papeles, para rescatar uno de aquellos libros. Ese día cuando llegó a casa, se dijo: -“¿Y dónde lo pongo ahora?”- Todos los que poblaban su estantería eran casi de la familia, pero aquel viejo libro pertenecía a otra historia que no era la suya y además no sería leído de forma inmediata.
A salvo pero solo…
Decidió que la próxima vez que fuese al almacén se traería algún otro.
Así, hasta el día en que después de repasar despacio las estanterías y con el último libro liberado bajo el brazo, miró con pena pero con tranquilidad todos los que se quedarían sin remedio a la espera de su aniquilamiento. Su cruel destino era inmediato.
No lamentaba el poco espacio disponible con el que contaba para salvar aún más, lamentaba no poder estirar el tiempo para leerlos todos.
(Dedicado a una "ferianta" muy querida)