
Te entrego mi todo, amor,
aunque amarte me haga débil;
así te entrego mi vida,
en obstinados renglones
que quieren rasgar la distancia
y se desangran en el turbio mar de tu silencio.
Pero tú, no quieres mi todo ni mi vida ni mis sueños
y se ahoga ese te quiero que sólo es tuyo
como se ahoga un recién nacido en la cuna
engañado por la ilusión de una vida sin vivir.
Y he llegado hasta abominar la vida
cuando no soporto más tu ausencia,
pero pensarás que exagero…
Y te diré que he llorado por ti hasta asustarme,
pero no me creerás si te lo digo…
Ahora, el viento del acantilado
se lleva tu te quiero y mis palabras
y este sentimiento que me vive
porque me duele, amor, hasta pensarte
o que estimes que no es para tanto
lo que es mi vida y mi locura
por amarte así como te amo.
4 comentarios:
ahhh...
Ya sabes que no puedo yo leer ni oir ni hablar de amor sin pensar en mi mismo, practico con estos temas un ejercicio de egocentrismo permanente que me tiene desconcertado porque me miro desde fuera y me parece que no soy yo...
Ha sido precioso.
Un beso, guapetona.
Otro beso grande para ti, Fer
¿Y quién no piensa en sí mismo cuando le hablan del amor? Por tenerlo, por no tenerlo, por buscarlo o por desprenderlo. Es inevitable. Y el otoño, también inevitable. ¿Pensará el otoño en sí mismo cuando le hablan de amor tan descarnadamente como tú lo has hecho?
Un besote.
Nunca imaginé al otoño pensativo,(una nueva pose para contemplarlo :) Theodore, pero, aunque así fuera, dudo que ni tan siquiera un momento se detuviera con esas palabras desprendidas del infierno.
Bisous
Publicar un comentario en la entrada