miércoles, 4 de noviembre de 2009

Recuerdos




Hoy no quiero contarte lo que pienso,
como cuando era niño y no importaban mis pensamientos.
Hay una niebla espesa encima de aquel pasado,
miedos que no hablan, ventanas a la calle pero de rejas macizas, desayunos insulsos, palabras recogidas no por perezosas sino por amenazadas.
Y te diste cuenta,
me volví a callar cuando llegaste,
nada se me ocurre más seguro que el silencio y
sin embargo te abrí mis manos para que me desarmaras si podías.
Descalzo, a medianoche observo los recuerdos pasando entre la puerta entornada;
no me has oído, no me has visto pisar el peligro…
Odiaba las verdades que eran falsas
y las repeticiones de cantos enjaulados hasta enmudecer de pena como le ocurre a los ruiseñores.
Amaneceres sin luz, luces como llagas
y esperanza en la liberación de la noche donde saldar deudas no contraídas.
Ni siquiera debo un grito, nada, ni tampoco debo un beso, ¿para qué?,
sólo le debo al trueno el robo de su mortífera luz primera.
Pareciera que el Mar comprende esa nostalgia
y pone agua en mis manos que me salvan,
pero sigo en silencio,
despacio, humo y silencio integrados en mi piel;
y ahora tú, mirando de cerca mi ventana,
transformando el vértigo de abrir mis brazos
y descifrando el código de mi voz,
invitándome a caminar por el hueco invisible
que oculta el dolor primero de mi memoria.


5 comentarios:

pon dijo...

Pues nada, no lo cuentes si no quieres. Pero podemos entarnos un rato debajo de ese árbol tan bonito, eso si, no????

brokemac dijo...

claro que sí, sentarnos un rato...,
pero tráete algo de abrigo para cuando el sol se oculte, porque quizá quiera dormirme a tu lado hasta que nazcan las estrellas.

pon dijo...

No problem, tengo muchas mantitas.

Mar del Norte dijo...

Por qué algunos recuerdos duelen tanto?
Es que el tiempo no amortigua nada?
Es que el alma tiene su propia memoria?
Que triste resulta la tristeza...
1besote y... yo también me siento debajo del árbol un rato...

brokemac dijo...

Te abrazo Mar...


Os dejo esta Rosa de Otoño
de Leopoldo Lugones


Abandonada al lánguido embeleso
que alarga la otoñal melancolía,
tiembla la última rosa que por eso
es más hermosa cuanto más tardía.

Tiembla... un pétalo cae... y en la leve
imperfección que su belleza trunca,
se malogra algo de íntimo que debe
llegar acaso y que no llega nunca.

La flor, a cada pétalo caído,
como si lo llorara, se doblega
bajo el fatal rigor que no ha debido
llegar jamás, pero que siempre llega.

Y en una blanda lentitud, dichosa
con la honda calma que la tarde vierte,
pasa el deshojamiento de la rosa
por las manos tranquilas de la muerte.